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De Nimby local a Banana nacional

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IbagueHace apenas unos días, un reconocido medio de noticias económicas publicó un breve informe donde describe al menos 21 proyectos minero-energéticos que tendrán que enfrentarse en el futuro a una consulta popular que busca prohibir su realización. A pesar de las diferencias entre cada iniciativa, la razón para la oposición se fundamenta en los mismos argumentos: objeciones ambientales, cambio de la vocación productiva, indeseados efectos sociales y económicos y escasos beneficios para los habitantes, que, dicen, se quedarían con los problemas y sin los beneficios de los proyectos.
 
Desde los años 80, este fenómeno de rechazo a proyectos locales, que parece despertar con toda fuerza contra la industria minero-energética en Colombia, se denomina en EE. UU. como el fenómeno Nimby, acrónimo de Not In My Back Yard (“No en mi patio trasero”) y se describe como un fenómeno que surge espontáneamente como reacción hostil ante el desarrollo de actividades o instalación de servicios, proyectos o infraestructuras que se perciben como peligrosos, incómodos o desagradables. Los militantes Nimby tienen poco interés por entender argumentos, son insolidarios frente al impacto positivo de los emprendimientos para el conjunto de la sociedad, no plantean alternativas y tienen poca disponibilidad para oír explicaciones independientes sobre su verdadero impacto. El movimiento Nimby tiene audiencias crecientes gracias a las redes sociales, las fake news y la solidaridad que despiertan conflictos definidos como peleas entre David y Goliat.
 
Los Nimby tienen preocupaciones legítimas que vale la pena atender y su existencia es apenas lógica cuando terceros arriban en su territorio con proyectos que significan cambios para la vida de la localidad. Y ciertamente el Gobierno tendrá que activar estrategias que atiendan este fenómeno para evitar una crisis general de nuevos o actuales proyectos en el sector minero-energético en los territorios. Pero no hay que ser ingenuos. Políticos manipuladores andan colgándose de los proyectos de interés nacional con el propósito de hacer oposición y han convertido una preocupación natural en un ambientalismo político que utiliza al movimiento Nimby y sus comunidades para lograr a la larga convertir a Colombia en una república Banana, que es el acrónimo que se utiliza también en EE. UU. para describir extremistas que no quieren que se construya nada en ninguna parte, cerca de nadie (Build Absolutely Nothing Anywhere Near Anyone). Los Banana versión colombiana andan promoviendo consultas populares, buscando cupos en las altas cortes, implementando estrategias jurídicas y exacerbando con mentiras y exageraciones el impacto ambiental, social y económico negativo que generan grandes proyectos en el territorio, para buscar que aquí nada sea posible. Por eso hay en la web manuales para obstaculizar multinacionales, acompañamiento jurídico que llega al territorio con el primer bloqueo, copialinas argumentales proforma y arengas con el mismo tono; todo sin importar la diversidad de proyectos, temas, tradiciones y territorios.
 
Colombia requiere inversión, crecimiento, proyectos, regalías y empleo. Los militantes del partido Banana no, pero no ofrecen alternativas.
 
Por Nicolás Uribe R
@NicolasUribe
 
ElEspectador.com
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